Las Cuevas de Altamira: Arte rupestre milenario

Dentro se encuentran dibujos, pinturas y grabados con técnicas de un alto grado de complejidad

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EnEspañol.es- La expresión artística de los seres humanos se remonta a milenios, cuando el paisaje, los animales y el entorno eran la inspiración para crear esculturas, representaciones y pinturas rudimentarias.

Es así como en la etapa inicial de la Edad de Piedra, o Paleolítico superior a preferencia de la comunidad científica, un grupo de pobladores, en la región que hoy comprende el norte de España, plasmó el Arte Rupestre más antiguo hasta ahora conocido en las cuevas de Altamira.

Galería

Dentro de la caverna se encuentran dibujos, pinturas y grabados con técnicas de un alto grado de complejidad. Existe tratamiento de la forma y aprovechamiento del soporte, grandes formatos, tridimensionalidad, naturalismo, abstracción y el simbolismo.

Las pinturas se extienden por toda la cueva, a lo largo de más de 290 metros, y representan a bisontes, caballos, ciervos, manos y algunos signos pintados o grabados que seguramente tenían significación para sus artistas hace 36.000 años.

Las representaciones más grandes son caballos y bisontes de entre 125 y 170 cm de longitud, y una cierva, de más de dos metros.

Con los posteriores estudios se determinó que primero se grabó el contorno y se dibujó a línea negra con carbón; luego se rellenaron con pintura roja u ocre.

En los bisontes se marcó con pintura negra el cambio de coloración de su vientre o se utilizó el lápiz de carbón para detallar el pelo o la joroba, lo que asemeja una policromía en el color. Además, el grabado se utilizó en ojos, cuernos, pelo del cuello y otros detalles.

Descubrimiento

La entrada a la cueva fue vista por primera vez, en la era moderna, por Modesto Cubillas un campesino de la localidad de Santillana del Mar, cuando en una faena de caza con perros liberó a su canino que estaba atrapado en una de las grutas del lugar.

Al percatarse del sitio y lo inusual de su entrada, comunicó la noticia a sus vecinos y a algunos amigos, pero estos no le prestaron atención porque en la localidad existen cientos de cuevas parecidas. Sin embargo, Cubillas no se dio por vencido y comentó su hallazgo al hacendado local Marcelino Sanz de Sautuola en 1868.

Sanz de Sautuola, quien visitó por primera vez la cueva en 1875 y reconoció algunas líneas que en su momento desestimó por no estar seguro que fueran obras de una persona, decidió regresar con algo de escepticismo cuatro años más tarde con su pequeña hija María. Esta vez, la niña de ocho años logró entrar a una caverna conjunta y al virar su cara al techo se percató de las pictóricas rupestres que nadie había visualizado en miles de años.

Reconocimiento

Sin embargo, para que el arte rupestre dentro de la cueva de Altamira recibiera el reconocimiento correspondiente pasaron al menos 22 años desde su primera publicación por parte de Sanz de Sautuola, en un pequeño tratado de carácter científico nombrado “Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la Provincia de Santander”, en el atribuyó las pinturas a personas de la prehistoria, específicamente al periodo paleolítico.

El folleto de Sanz fue refutado por expertos de la comunidad científica internacional, a pesar de su sólido análisis, diferentes intelectuales, evolucionistas, creacionistas e incrédulos prehistoriadores mal valoraron su planteamiento.

Al pasar más de una década, fue tomando preponderancia con el descubrimiento de arte rupestre paleolítico en otras cuevas de Europa, principalmente en Francia.

Para 1902, el prehistoriador francés Émile de Cartailhac publicó “Les cavernes ornées de dessins. La grotte d’Altamira, Espagne. Mea Culpa d’un sceptique” (Las cuevas decoradas con dibujos. La cueva de Altamira, España. Mea Culpa de un escéptico);en esta divulgación científica la cueva de Altamira tomó reconocimiento universal y la consideración de icono del arte rupestre paleolítico.

Importancia

Como toda obra de arte que muestra la idiosincrasia del artista y de la cultura en la que se desenvuelve en un momento histórico determinado; estas primeras expresiones formaban parte de una sociedad que se extendió por Europa hace 40.000 años.

Para los científicos de finales del siglo XIX esas imágenes se conocieron de forma paralela al desarrollo de la arqueología, lo que significó un sacudón a los cimientos de la razón científica y de la fe hasta ese momento predominante.

El escritor español Rafael Alberti en su poemario “La arboleda perdida” de 1928, menciona que dentro de las cavernas de Altamira:

“Parecía que las rocas bramaban. Allí, en rojo y negro, amontonados, lustrosos por las filtraciones de agua, estaban los bisontes, enfurecidos o en reposo. Un temblor milenario estremecía la sala. Era como el primer chiquero español, abarrotado de reses bravas pugnando por salir. Ni vaqueros ni mayorales se veían por los muros. Mugían solas, barbadas y terribles bajo aquella oscuridad de siglos. Abandoné la cueva cargado de ángeles, que solté ya en la luz, viéndolos remontarse entre la lluvia, rabiosas las pupilas”.

Referencias